Por Ana Ruth Cáceres Ávila
- UJCV impulsa el rescate de recetas tradicionales que estuvieron al borde del olvido
Recientemente, en el III Foro Iberoamericano de Turismo, entre exhibiciones gastronómicas, tradiciones locales y propuestas para fortalecer el turismo cultural, hubo algo que llamó especialmente mi atención: un dulce blanco, delicado y crujiente llamado “colaciones”.
Me dijeron, con total confianza, que era una joya culinaria propia de mi tierra, Comayagua, que jamás en la vida había escuchado nombrar. En ese instante de asombro y nostalgia, una tristeza me invadió al pensar en cuántas recetas y cuantos sabores se pierden irreversible en el abismo del tiempo por el simple hecho de dejar de cocinarse.
Conmovida por este hallazgo, conversé a fondo con la licenciada Carmen Oneyda Agüero Gonzáles, docente de la Universidad José Cecilio del Valle (UJCV), y principal promotora de este esfuerzo de recuperación gastronómica; quien junto a sus estudiantes, lidera una cruzada académica para que la juventud hondureña no olvide a qué sabe su propia historia.

El Sabor Oculto en las Manos de la Historia
Y es que, la identidad de un pueblo no solo se esculpe en piedra ni se escribe exclusivamente en los textos escolares; se amasa, se hierve a fuego lento y se disuelve con dulzura en el paladar. Sin embargo, en un mundo hiperconectado y globalizado, los sabores autóctonos de Honduras se enfrentan a un enemigo silencioso y letal: el olvido generacional. Platos y postres que hace unas décadas coronaban los domingos familiares hoy yacen enterrados en la memoria oral de nuestros abuelos, invisibles para una juventud moderna.
Frente a este panorama, surge una iniciativa de rescate ejemplar en la zona central del país. Desde las aulas de la Universidad José Cecilio del Valle, específicamente en el departamento de Comayagua, la academia ha decidido dar un paso al frente y abandonar la teoría estática para transformarse en un guardián activo de la herencia cultural. A través de la asignatura de “Arte Culinario”, integrada en la carrera de “Administración de Empresas Turísticas, se gesta un movimiento cuyo fin primordial es rescatar, documentar, valorar y difundir la rica tradición gastronómica comayagüense y catracha.

Azúcar y limón….
Hubo una época en que las colaciones formaban parte de la vida cotidiana de muchos hondureños. Estaban presentes en ferias patronales, celebraciones religiosas, reuniones familiares y festividades populares.
Sin embargo, el paso del tiempo, los cambios en los hábitos de consumo y la llegada de nuevas tendencias gastronómicas hicieron que poco a poco comenzaran a desaparecer. Hoy son muchas las personas que nunca han escuchado hablar de este dulce peculiar cuya preparación es tan simple como mezclar, azúcar, agua y limón.
El acercamiento de Carmen Oneyda a las colaciones ocurrió gracias a la licenciada Erika Perdomo, integrante de una de las familias más reconocidas de Comayagua por su aporte a la tradición repostera local.
La familia Perdomo es propietaria de la emblemática Repostería Ana, considerada durante décadas una de las reposterías más icónicas, tradicionales y queridas de la ciudad. Generaciones de comayagüenses, en las cuales me incluyo, crecieron con sus productos, convirtiendo sus recetas en parte de la identidad gastronómica local.
Fue precisamente a través de Erika, que Oneyda tuvo la oportunidad de aprender la elaboración de dulces tradicionales como las colaciones; asimismo los zapotillos, africanos, turrones, pastelitos navideños, entre otros.
Pero junto a las recetas recibió algo aún más valioso: las historias que las acompañan.
Los guardianes del patrimonio gastronómico
Para Oneyda, uno de los aspectos más enriquecedores de este proceso ha sido el contacto con personas mayores que conservan conocimientos culinarios transmitidos durante generaciones.
“Ellos representan una fuente invaluable de información. Lo más valioso ha sido conocer sus experiencias, recuerdos y conocimientos transmitidos de generación en generación. Ellos son los guardianes de un patrimonio gastronómico que merece ser conservado.”, asegura.
“Muchas de las recetas tradicionales hondureñas jamás fueron escritas. Sobrevivieron gracias a la transmisión oral dentro de las familias. Las medidas no se anotaban; se aprendían observando. Las técnicas no aparecían en libros; se heredaban en la cocina. Por esa razón, uno de los mayores desafíos ha sido documentar información confiable antes de que esos conocimientos desaparezcan”, añade.
Es por esto que, uno de los mayores retos ha sido recopilar información confiable y documentar recetas que durante años solo se transmitieron de manera oral dentro de las familias.
Aunque las colaciones se elaboran con apenas tres ingredientes —agua, azúcar y limón—, su preparación exige paciencia, precisión y una técnica cuidadosamente transmitida de generación en generación. El resultado es un delicado turrón de textura crujiente que, al probarlo, se deshace suavemente en la boca.
“Cuando finalmente aprendí a elaborarlas, sentí una profunda emoción y un gran orgullo al descubrir una receta tan representativa de nuestra cultura. Comprendí que no solo estaba preparando un dulce, sino recuperando una tradición que forma parte de la historia, la identidad y los recuerdos de muchas familias hondureñas”, expresa Oneyda.
Desde entonces, Oneyda decidió asumir el compromiso de compartir esos conocimientos con las nuevas generaciones.
Jóvenes descubriendo sus raíces
El trabajo desarrollado en la Universidad José Cecilio del Valle también ha permitido comprobar que las nuevas generaciones sí muestran interés por estas tradiciones cuando tienen la oportunidad de conocerlas.
Lejos de mostrarse indiferentes, los estudiantes suelen reaccionar con sorpresa y curiosidad al descubrir la riqueza gastronómica que existe en su propio entorno.
“Al conocer la historia detrás de estas recetas, nuestros estudiantes desarrollan un mayor sentido de valoración y compromiso con la preservación de nuestro patrimonio gastronómico.”
La experiencia demuestra que el problema no es la falta de interés de los jóvenes, sino la falta de espacios donde estas tradiciones puedan ser compartidas y enseñadas.
Por ello, la universidad ha asumido un papel activo en la conservación de este patrimonio.
Para Oneyda, las instituciones de educación superior tienen una responsabilidad que va más allá de la formación académica. “Es fundamental, porque las universidades tienen la responsabilidad de generar conocimiento, investigar y promover acciones que contribuyan a la conservación de nuestras tradiciones culturales.”
Sabores tradicionales como motor turístico
El rescate de estas recetas también tiene implicaciones importantes para el turismo y la economía. Actualmente, los viajeros buscan experiencias auténticas que les permitan conectar con la identidad de los lugares que visitan y la gastronomía se ha convertido en uno de los principales elementos para lograrlo.
De acuerdo con estudios sobre turismo gastronómico, los viajeros destinan cerca del 40% de su gasto total a alimentos y bebidas, lo que convierte a la cocina local en una fuente clave de ingresos para productores, emprendedores, restaurantes y comunidades
En ese contexto, preservar y promover la tradición culinaria de Comayagua no solo fortalece la identidad cultural de la ciudad, sino que también abre oportunidades para dinamizar la economía local y enriquecer la experiencia de los visitantes
Esa visión cobró vida recientemente durante el III Foro Iberoamericano de Turismo, donde estudiantes de la UJCV presentaron una muestra de la gastronomía tradicional comayagüense ante visitantes nacionales e internacionales.
Los asistentes quedaron cautivados por los sabores, aromas, colores y formas de los postres y bebidas exhibidos, reconociendo en cada preparación una expresión auténtica de la identidad cultural hondureña.
Una herencia que merece perdurar
Honduras posee un extraordinario legado gastronómico que aún espera ser redescubierto por muchos de sus propios habitantes. Más allá de las colaciones, sobreviven conservas tradicionales, dulces de panela, rosquetes artesanales, ticucos y una amplia variedad de recetas que forman parte de la memoria colectiva de distintas regiones del país.
Cada una de estas preparaciones guarda historias, conocimientos y costumbres transmitidos de generación en generación. Sin embargo, cuando dejan de cocinarse, documentarse o enseñarse a los más jóvenes, corren el riesgo de desaparecer.
Por ello, iniciativas como la que impulsa la Universidad José Cecilio del Valle trascienden el ámbito académico: representan un esfuerzo por rescatar, valorar y preservar una parte esencial de la identidad hondureña para que las futuras generaciones puedan seguir reconociéndose en los sabores de su propia historia. Por eso la labor que realiza Carmen Oneyda Agüero desde las aulas universitarias resulta tan valiosa. No se trata únicamente de enseñar cocina. Se trata de rescatar historias, preservar recuerdos y proteger una parte esencial de la identidad hondureña.
Porque las tradiciones rara vez desaparecen de un día para otro. Primero dejan de prepararse. Luego dejan de enseñarse.
Y finalmente dejan de recordarse.
Pero mientras existan personas dispuestas a aprenderlas, compartirlas y transmitirlas, siempre habrá esperanza de que esos sabores continúen contando la historia de Honduras.


